¿Por qué deberíamos estudiar las genealogías?

A primera vista, el comienzo de Mateo es un punto de partida literario menos que emocionante del Nuevo Testamento. Es una lista de “engendros” que remonta el linaje de Jesús hasta Abraham.

Lo que a este principio le falta de fuerza literaria, lo compensa en importancia teológica. Entre otras cosas, las tablas genealógicas del Nuevo Testamento sitúan el evangelio en el plano de la historia. Jesús nació “en la plenitud de los tiempos”. Su ministerio se define e interpreta con el trasfondo de la historia del Antiguo Testamento.

El Nuevo Testamento provee dos tablas genealógicas para Jesús, una de Mateo y otra de Lucas. Estas tablas difieren en puntos significativos. Mateo escribía para un público judío y Lucas para un público gentil. Mateo se preocupó por mostrar que Jesús descendía legalmente de David y que por lo tanto era un descendiente de Judá a quien se le prometió la realeza mesiánica. Mateo trata la descendencia legal de Jesús y limita las listas a tres grupos de catorce generaciones, permitiéndose hacer omisiones.

Lucas sigue el descenso natural con mayor detalle. Lleva la lista de vuelta a Adán, ya que fue un tema central de su evangelio para exponer la universalidad del mismo. Jesús es, en efecto, el Hijo de Abraham y el Hijo de David, pero también es el nuevo Adán que viene a redimir no sólo a Israel sino a hombres y mujeres de todas las tribus y naciones.

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